
Textos singulares dieron lugar a un rebote de palabras. Ya no descubiertas en papel, ni cargadas de tintas secas. Ellas fueron expresadas por el interminable diálogo, trasnochador las más de las veces.
Los días enteros en los que el intercambio de voces no era posible, siempre apareció el ping pong telefónico; recordando que siempre estaba allí.
Al fin cedimos a la pausa, que fue por nada y por todo. Por la simple pregunta al vacío, respondida por el eco de ‘eso’ que se intuye por dentro. Pese a todo, algunas distracciones relegaron al dolor de la incertidumbre de no saber y no querer.
Han sido algunas semanas, entre breves escarceos sabatinos, que dieron fin al Mayo torturador. Junio cambió de cara y promete mucho, pero se perdieron cientos de horas de palabras y caricias.
Ya volverán…

